Mi familia
había decidido quedarse en la casa de la abuela para presentar respetos a su
reciente muerte, observar las cosas viejas que tenían y recordar esos momentos
que ya no volverán. Cuando era más joven solía visitar mucho la casa de mis
abuelos. La gentil cara de mi abuelo al recibirme en la entrada de su hogar
será un recuerdo al que siempre miraré con cariño, mientras que, el rostro
serio de mi abuela cuando me obligaba a tomarme una foto con su vieja cámara en
un lugar completamente oscuro.
Mi abuelo
se le había adelantado hacía años, pero pareció no afectar tanto como la
pérdida de la abuela. Era raro, todos parecían tener en un altar a la abuela en
todo momento, mientras que a mi abuelo solía reprocharle todos sus errores.
Como si el hecho de ser la cabeza de la familia la excluyera de ser digna de
recalcarle donde erraba. Puede que mi mente se encuentre algo difusa, hacía
años que no los visitaba y lo último que recuerdo fue su rostro indiferente
cuando el abuelo partió.
Cuando
llegamos, todo el ambiente era pesado, de eso no cabía duda, pero el aire tenía
algo, picaba con intensidad. Lo que causó que mis padres constantemente se
encontraran tosiendo lo que ellos suponían era el polvo como consecuencia de la
falta de cuidado. Decidí inspeccionar los pasillos de la vieja casa de concreto
tras instalarme, los viejos muebles parecían encontrarse detenidos en el
tiempo, decorados religiosos típicos de una familia típica, cruces y vírgenes
mostrándose como un símbolo de unión y familia. Algo que mi abuela solía
mencionar mucho cuando la visitábamos.
Intenté
buscar alguna fotografía en el gabinete, incluso alguna simple imagen de la
familia o de mi padre, pero para mi sorpresa la ausencia de estas era lo que
hacía más ruido en una casa que se encontraba ya callada desde hace dos
semanas.
Al darme
por vencido, comencé a caminar lo que faltaba del pasillo, encontrando el
cuarto en el que dormía mi abuela. Su vieja cama aún permanecía completamente
tendida, las viejas y olorosas sábanas estaban en su lugar, todo arreglado, al
igual que aquella puerta negra siempre cerrada. Pero algo llamó mi atención
rápidamente, al centro de su cama, una simple caja de zapatos se hallaba como
si nada.
Pareciera
que alguien la había encontrado por algún lado de la casa y la olvidó por error
en la habitación. Aunque inconscientemente creía que había sido la propia
abuela quien la había dejado, como si supiera que su muerte se acercaba. Aleje
esos pensamientos de mi mente y me senté en la cama lentamente, cuidando de no
deshacer la cama tendida. Abrí con cuidado la tapa vieja y podrida de cartón de
la caja de zapatos, siendo sorprendido por un fuerte aroma a podrido. Pude
sentir como el vómito viajó con velocidad por toda mi garganta, deteniéndose
antes de que pudiera expulsar todo. Poco a poco, el aroma desapareció siendo
reemplazado por el recurrente picazón, y frente a mí un álbum de fotos
apareció. Parecía estar cubierto de moho, además de estar al borde de quebrarse
si no lo movía con cuidado.
Pensé que
aquí podría encontrar las fotografías que faltaban alrededor de la casa, al
abrir su portada mohosa, me encontré con la primera fotografía. Era una mujer
joven, suponía que mi abuela, cargando en sus brazos a un pequeño niño varón.
Su rostro parecía ser de felicidad, pero pareciera que se veía obligada a
cargarlo, su ceño fruncido lo evidenciaba. Le di vuelta a la página,
encontrando del lado izquierdo ahora dos fotografías, en estas estaba el mismo
pequeño quien asumió que era mi padre, montado en una bicicleta acompañado de
un hombre de edad adulta sonriendo, era mi abuelo de mucho más joven. Ambos
sonreían y parecían disfrutar el momento, la calidez del momento me hizo
sonreír instintivamente. Sin embargo, aquel recuerdo pareció acabar al mirar a
mi padre de pequeño llorando intensamente en la fotografía. No había nadie más,
simplemente estaba él intentando ocultar sus lágrimas mientras daba un grito
silencioso a mi perspectiva en el tiempo. Debajo de esta, sin embargo, podía
verse nuevamente a mi abuela de joven, ahora posando junto a dos sujetos que
recordaba vagamente, aunque sus nombres eran un misterio para mí. Era un gran
contraste, entre ambas fotografías.
Intenté
darle vuelta a la página, pero la voz de mi madre llamándome me hizo detenerme.
Cerré el álbum y lo coloqué con cuidado en la cama, bajando a cenar.
La cena fue
incómoda, mi padre parecía querer hablar de sus recuerdos de la infancia, pero
pareciera que algo le impedía hacerlo, a mitad de una anécdota comenzaba a
perder el hilo de lo que estaba contando hasta llegar al punto de quedarse
callado. Mi madre constantemente acariciaba su mano debajo de la mesa, como una
forma de relajarlo al hablar. Tras que acabamos de cenar, mis padres nos
permitieron levantarnos de la mesa, mi hermano tomó su propio rumbo hacia la
sala mientras yo decidí seguir mirando aquellas fotografías.
Al entrar a
la habitación, el aire por alguna razón comenzó a picar cada vez más, llegando
al punto de hacerme estornudar y toser con más frecuencia. Me percaté que el
álbum seguía donde lo había dejado, con la diferencia de ver la fotografía de
mi padre llorando en el suelo. La recogí con cuidado de no arrugarla y la
coloqué a un lado mío mientras tomaba asiento en la cama nuevamente. Tenía unos
momentos antes de que la luz natural del sol abandonara la habitación.
Abrí el
álbum donde lo había dejado, mirando la fotografía de la abuela nuevamente
abrazando a esas dos figuras por lo que rápidamente le di la vuelta. Tres
fotografías se encontraban entre las hojas. La primera fotografía era mi abuela
posando con su mismo rostro serio junto a mi padre ahora mayor, a su lado
contrario, mi abuelo abrazaba con una sonrisa en su rostro a mi padre.
Contrastando entre ambos su actitud. Debajo de esta, se encontraba la segunda
fotografía, en esta mi padre posaba con una chica, ella lo tomaba del brazo y
recargaba su cuerpo al de él. Me costó un poco de trabajo, pero la reconocí
como mi madre cuando era más joven, ambos parecían no ser mayores a 20 años,
parecía ser una simple fotografía de dos jóvenes enamorados, sin embargo, lo
que llamaba más la atención eran los constantes rayones que se encontraban
sobre el rostro de mi padre y mi madre. Al igual que una breve elevación a lo
largo de la fotografía. Saque con cuidado la fotografía de su protección y
acaricie con cuidado la zona, se sentía como si alguien hubiera escrito detrás
de esta.
Le di la
vuelta a la fotografía, encontrando una simple frase bastante amenazante.
“Eres mi
sangre aunque no nos guste”
El mensaje
parecía estar dirigido a alguien y aunque no me gustara pensarlo, tal vez se
refería a mi padre. Tal vez ocurrió algo que hizo a mi abuelo o abuela haber
escrito esto.
Sin
embargo, lo tétrico de las fotografías no había hecho más que comenzar, al
darle vuelta a la siguiente página, únicamente me encontré con un compendio de
fotografías de una puerta negra cerrada. Esa misma puerta cerrada de la
habitación en donde me encontraba, las consiguientes imágenes continuaban
siendo las mismas, página tras página, fotografía tras fotografía, eran
simplemente el retrato de la misma puerta negra.
En ese
momento, la puerta comenzó a ser azotada desde dentro, gritos de desesperación
comenzaron a oírse del otro lado de la puerta. Me levanté de la cama y corrí
hacia la puerta, intenté abrirla, pero no algo parecía evitar que girara el
picaporte. Los gritos continuaron a hacerse cada vez más desgarradores, las
cuerdas vocales comenzaban a deteriorarse cada segundo, volviéndose simplemente
ronquidos de ayuda. Los azotes se hicieron más violentos, más fuerza se
aplicaba a la puerta en un intento de salir, mi corazón latía de miedo, no
sabía que estaba pasando, corrí de regreso a la cama y mire una última vez al
álbum.
Ahora
únicamente se encontraban dos fotografías, era mi padre encerrado en un cuarto
oscuro, sentado en posición fetal. Y a su lado, la última fotografía era de mí,
intentando abrir la puerta desde dentro.
En ese
momento, mi instinto me hizo salir del cuarto de la abuela. Lo que parecía ser
la casa de la abuela, había sido reemplazado por una interminable oscuridad, me
era difícil orientarme, pero podía distinguir una simple fuente de luz. Era la
luz que sobresalía de un pequeño orificio, intente correr hacia ella, pero algo
se aferraba a mí, manos me sujetaban de mis piernas y tobillos, intentando
frenar mi progreso. Intenté gritar de desesperación, pero no tenía efecto más
allá de lastimarme.
Con todas
mis fuerzas, logré llegar hasta la fuente de luz, notando que era el ojo de una
puerta. Intenté golpearla para salir del vacío en donde me hallaba, pero no
parecía funcionar, mi desesperación comenzó a crecer por lo que grite con todas
mis fuerzas en un intento de que alguien me oyera. La picazón en el aire
parecía quemar mi nariz y garganta al respirar, quemaba mi voz, me quemaba por
dentro.
Poco a
poco, la luz del ojo de la puerta comenzaba a desvanecerse, pareciera que sería
mi fin.
Hasta el
momento en que la puerta se abrió de golpe, mi cuerpo que se encontraba
recargado en la puerta cayó con violencia al suelo. Lentamente me levanté del
suelo, observando que había vuelto a la habitación de la abuela, aunque alguien
más estaba ahí.
Mi padre se
encontraba sentado en la cama de la habitación mientras parecía observar algo
quemarse. Rápidamente me levanté del suelo y me acerqué a él, percatándome que
lo que estaba quemándose era nada menos que el álbum de fotografías.
Lentamente
me acerqué a él y me senté a su lado. Él me miró con su rostro algo
melancólico, me sonrió levemente antes de abrazarme.
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