Otras partes de mi mente

viernes, 3 de enero de 2025

El album de la abuela

Mi familia había decidido quedarse en la casa de la abuela para presentar respetos a su reciente muerte, observar las cosas viejas que tenían y recordar esos momentos que ya no volverán. Cuando era más joven solía visitar mucho la casa de mis abuelos. La gentil cara de mi abuelo al recibirme en la entrada de su hogar será un recuerdo al que siempre miraré con cariño, mientras que, el rostro serio de mi abuela cuando me obligaba a tomarme una foto con su vieja cámara en un lugar completamente oscuro.

 

Mi abuelo se le había adelantado hacía años, pero pareció no afectar tanto como la pérdida de la abuela. Era raro, todos parecían tener en un altar a la abuela en todo momento, mientras que a mi abuelo solía reprocharle todos sus errores. Como si el hecho de ser la cabeza de la familia la excluyera de ser digna de recalcarle donde erraba. Puede que mi mente se encuentre algo difusa, hacía años que no los visitaba y lo último que recuerdo fue su rostro indiferente cuando el abuelo partió.

 

Cuando llegamos, todo el ambiente era pesado, de eso no cabía duda, pero el aire tenía algo, picaba con intensidad. Lo que causó que mis padres constantemente se encontraran tosiendo lo que ellos suponían era el polvo como consecuencia de la falta de cuidado. Decidí inspeccionar los pasillos de la vieja casa de concreto tras instalarme, los viejos muebles parecían encontrarse detenidos en el tiempo, decorados religiosos típicos de una familia típica, cruces y vírgenes mostrándose como un símbolo de unión y familia. Algo que mi abuela solía mencionar mucho cuando la visitábamos.

 

Intenté buscar alguna fotografía en el gabinete, incluso alguna simple imagen de la familia o de mi padre, pero para mi sorpresa la ausencia de estas era lo que hacía más ruido en una casa que se encontraba ya callada desde hace dos semanas.

 

Al darme por vencido, comencé a caminar lo que faltaba del pasillo, encontrando el cuarto en el que dormía mi abuela. Su vieja cama aún permanecía completamente tendida, las viejas y olorosas sábanas estaban en su lugar, todo arreglado, al igual que aquella puerta negra siempre cerrada. Pero algo llamó mi atención rápidamente, al centro de su cama, una simple caja de zapatos se hallaba como si nada.

Pareciera que alguien la había encontrado por algún lado de la casa y la olvidó por error en la habitación. Aunque inconscientemente creía que había sido la propia abuela quien la había dejado, como si supiera que su muerte se acercaba. Aleje esos pensamientos de mi mente y me senté en la cama lentamente, cuidando de no deshacer la cama tendida. Abrí con cuidado la tapa vieja y podrida de cartón de la caja de zapatos, siendo sorprendido por un fuerte aroma a podrido. Pude sentir como el vómito viajó con velocidad por toda mi garganta, deteniéndose antes de que pudiera expulsar todo. Poco a poco, el aroma desapareció siendo reemplazado por el recurrente picazón, y frente a mí un álbum de fotos apareció. Parecía estar cubierto de moho, además de estar al borde de quebrarse si no lo movía con cuidado. 

 

Pensé que aquí podría encontrar las fotografías que faltaban alrededor de la casa, al abrir su portada mohosa, me encontré con la primera fotografía. Era una mujer joven, suponía que mi abuela, cargando en sus brazos a un pequeño niño varón. Su rostro parecía ser de felicidad, pero pareciera que se veía obligada a cargarlo, su ceño fruncido lo evidenciaba. Le di vuelta a la página, encontrando del lado izquierdo ahora dos fotografías, en estas estaba el mismo pequeño quien asumió que era mi padre, montado en una bicicleta acompañado de un hombre de edad adulta sonriendo, era mi abuelo de mucho más joven. Ambos sonreían y parecían disfrutar el momento, la calidez del momento me hizo sonreír instintivamente. Sin embargo, aquel recuerdo pareció acabar al mirar a mi padre de pequeño llorando intensamente en la fotografía. No había nadie más, simplemente estaba él intentando ocultar sus lágrimas mientras daba un grito silencioso a mi perspectiva en el tiempo. Debajo de esta, sin embargo, podía verse nuevamente a mi abuela de joven, ahora posando junto a dos sujetos que recordaba vagamente, aunque sus nombres eran un misterio para mí. Era un gran contraste, entre ambas fotografías.

 

Intenté darle vuelta a la página, pero la voz de mi madre llamándome me hizo detenerme. Cerré el álbum y lo coloqué con cuidado en la cama, bajando a cenar.

 

La cena fue incómoda, mi padre parecía querer hablar de sus recuerdos de la infancia, pero pareciera que algo le impedía hacerlo, a mitad de una anécdota comenzaba a perder el hilo de lo que estaba contando hasta llegar al punto de quedarse callado. Mi madre constantemente acariciaba su mano debajo de la mesa, como una forma de relajarlo al hablar. Tras que acabamos de cenar, mis padres nos permitieron levantarnos de la mesa, mi hermano tomó su propio rumbo hacia la sala mientras yo decidí seguir mirando aquellas fotografías.

 

Al entrar a la habitación, el aire por alguna razón comenzó a picar cada vez más, llegando al punto de hacerme estornudar y toser con más frecuencia. Me percaté que el álbum seguía donde lo había dejado, con la diferencia de ver la fotografía de mi padre llorando en el suelo. La recogí con cuidado de no arrugarla y la coloqué a un lado mío mientras tomaba asiento en la cama nuevamente. Tenía unos momentos antes de que la luz natural del sol abandonara la habitación.

 

Abrí el álbum donde lo había dejado, mirando la fotografía de la abuela nuevamente abrazando a esas dos figuras por lo que rápidamente le di la vuelta. Tres fotografías se encontraban entre las hojas. La primera fotografía era mi abuela posando con su mismo rostro serio junto a mi padre ahora mayor, a su lado contrario, mi abuelo abrazaba con una sonrisa en su rostro a mi padre. Contrastando entre ambos su actitud. Debajo de esta, se encontraba la segunda fotografía, en esta mi padre posaba con una chica, ella lo tomaba del brazo y recargaba su cuerpo al de él. Me costó un poco de trabajo, pero la reconocí como mi madre cuando era más joven, ambos parecían no ser mayores a 20 años, parecía ser una simple fotografía de dos jóvenes enamorados, sin embargo, lo que llamaba más la atención eran los constantes rayones que se encontraban sobre el rostro de mi padre y mi madre. Al igual que una breve elevación a lo largo de la fotografía. Saque con cuidado la fotografía de su protección y acaricie con cuidado la zona, se sentía como si alguien hubiera escrito detrás de esta. 

Le di la vuelta a la fotografía, encontrando una simple frase bastante amenazante.

“Eres mi sangre aunque no nos guste”

El mensaje parecía estar dirigido a alguien y aunque no me gustara pensarlo, tal vez se refería a mi padre. Tal vez ocurrió algo que hizo a mi abuelo o abuela haber escrito esto.

 

Sin embargo, lo tétrico de las fotografías no había hecho más que comenzar, al darle vuelta a la siguiente página, únicamente me encontré con un compendio de fotografías de una puerta negra cerrada. Esa misma puerta cerrada de la habitación en donde me encontraba, las consiguientes imágenes continuaban siendo las mismas, página tras página, fotografía tras fotografía, eran simplemente el retrato de la misma puerta negra.

En ese momento, la puerta comenzó a ser azotada desde dentro, gritos de desesperación comenzaron a oírse del otro lado de la puerta. Me levanté de la cama y corrí hacia la puerta, intenté abrirla, pero no algo parecía evitar que girara el picaporte. Los gritos continuaron a hacerse cada vez más desgarradores, las cuerdas vocales comenzaban a deteriorarse cada segundo, volviéndose simplemente ronquidos de ayuda. Los azotes se hicieron más violentos, más fuerza se aplicaba a la puerta en un intento de salir, mi corazón latía de miedo, no sabía que estaba pasando, corrí de regreso a la cama y mire una última vez al álbum.

Ahora únicamente se encontraban dos fotografías, era mi padre encerrado en un cuarto oscuro, sentado en posición fetal. Y a su lado, la última fotografía era de mí, intentando abrir la puerta desde dentro.

 

En ese momento, mi instinto me hizo salir del cuarto de la abuela. Lo que parecía ser la casa de la abuela, había sido reemplazado por una interminable oscuridad, me era difícil orientarme, pero podía distinguir una simple fuente de luz. Era la luz que sobresalía de un pequeño orificio, intente correr hacia ella, pero algo se aferraba a mí, manos me sujetaban de mis piernas y tobillos, intentando frenar mi progreso. Intenté gritar de desesperación, pero no tenía efecto más allá de lastimarme. 

Con todas mis fuerzas, logré llegar hasta la fuente de luz, notando que era el ojo de una puerta. Intenté golpearla para salir del vacío en donde me hallaba, pero no parecía funcionar, mi desesperación comenzó a crecer por lo que grite con todas mis fuerzas en un intento de que alguien me oyera. La picazón en el aire parecía quemar mi nariz y garganta al respirar, quemaba mi voz, me quemaba por dentro.

 

Poco a poco, la luz del ojo de la puerta comenzaba a desvanecerse, pareciera que sería mi fin. 

Hasta el momento en que la puerta se abrió de golpe, mi cuerpo que se encontraba recargado en la puerta cayó con violencia al suelo. Lentamente me levanté del suelo, observando que había vuelto a la habitación de la abuela, aunque alguien más estaba ahí.

Mi padre se encontraba sentado en la cama de la habitación mientras parecía observar algo quemarse. Rápidamente me levanté del suelo y me acerqué a él, percatándome que lo que estaba quemándose era nada menos que el álbum de fotografías. 

Lentamente me acerqué a él y me senté a su lado. Él me miró con su rostro algo melancólico, me sonrió levemente antes de abrazarme.


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