En la cima de una montaña en un lugar lejano yacía un pequeño árbol de
granadas. Sus ramas se encontraban secas, sus hojas a punto de caer en su
totalidad y su tronco parecía estar a punto de ceder ante el dolor de
mantenerse a sí mismo en pie.
El pequeño
árbol únicamente podía observar cómo los demás árboles de la montaña eran
protegidos por unos curiosos seres alargados. Estos parecían regar y abonar a
los diversos árboles por días, incluso logrando que muchos de estos llegaran a
tener una altura similar a la de aquellas figuras.
El pequeño
árbol soñaba día y noche porque uno de ellos se fijará en él. Asi, tal vez
podría alcanzar a ser de su mismo tamaño, ¡o incluso podría llegar hasta el
mismísimo sol!
Decidido,
aquel árbol comenzó a llamar la atención de los muchos seres que día a día
visitaban la montaña. Intentaba, arreglar sus ramas para hacerlas parecer menos
secas, o incluso intentaba ajustar su propio tronco devuelta a su ángulo
normal.
Los seres
alargados parecían ignorarlo la mayor parte del tiempo, pero uno poco a poco se
interesaba en el pequeño árbol moribundo. Dia tras día, el árbol observaba como
este ser alargado parecía notar mas y mas sus esfuerzos por resaltar. Jamás
podría olvidar el rostro de este ser, una sonrisa calidad como el propio sol
que le daba vida y uno ojos que resaltaban una preocupación que ningún otro ser
había prestado en él.
Un día,
tras que el pequeño árbol intentaba volver a ponerse firme con su tronco,
aquella figura se hizo presente. Su mano cálida atravesaba todas sus hojas con
delicadeza, casi con preocupación de que un movimiento erróneo y una de sus
ramas cayera rota en el suelo.
-Estarás
mejor conmigo.- Dijo aquel ser antes de comenzar a regar al pequeño árbol,
El agua
fría chocaba con todo su cuerpo, las gotas caían entre las hojas y las ramas,
filtrándose entre la corteza de esta. El agua era algo que ansiaba con ganas,
ya que era algo que no recibía con frecuencia, únicamente en días de lluvia.
Pero para el árbol era más que simple agua, era la acción de que alguien como
aquel ser se preocupara por su cuidado lo que lo hacía verdaderamente feliz.
Dia tras
día, aquel ser visitaba al pequeño árbol con algo nuevo para cuidarlo. Algunas
veces era el mejor abono que había sentido, otras veces era el agua más fría
que sus ramas pudieran desear. Incluso había días donde simplemente se sentaba
a la sombra de este a leerle o contarle sobre su día.
El pequeño
árbol poco a poco comenzaba a transformarse en un firme y saludable árbol, cada
vez más firme de su tronco. Pero lo mas emocionante para aquel árbol era que
finalmente comenzaba a dar frutos. Las granadas más deliciosas y jugosas que
cualquiera pudiera desear. Diseñadas específicamente para aquel ser, como una
muestra de su afecto.
El ser
parecía disfrutar aquella fruta tan exótica. Era deliciosa para su paladar, por
lo que cada día, aceptaba con agrado las cinco granadas que con gusto el árbol
estaba dispuesto a darle con todo el amor de su corazón.
Pero, fue
justo ahí donde el árbol se dio cuenta de una terrible verdad. Conforme pasaban
los días, aquel ser parecía querer más y más frutas. Al principio el árbol
estaba encantado de darle lo que pidiera, al final del día el ser lo había
cuidado, para el árbol era un intercambio justo.
El árbol
notaba como de un momento a otro, el ser parecía únicamente visitarlo para
obtener sus frutos. Ya no lo regaba, ya no parecía colocarle más abono,
simplemente iba por su dotación de granadas.
El árbol
estaba preocupado por su actitud, por lo que durante una de sus muchas visitas
intento preguntarle que sucedía y porque la necesidad de tener en tantas
cantidades la fruta que con todo el amor le producía. El ser se negaba a
responder, pero el árbol insistió e insistió, hasta que en un ataque de
nervios. Aquella figura cálida y amoroso mostro su verdadero ser.
Con una de
las cuchillas que usaba para cortar la maleza que rodeaba al árbol, comenzó a
herir el tronco del árbol. El árbol intento hacerlo entrar en razón para que se
detuviera, ya que le estaba causando un gran dolor, pero simplemente no lo
hizo. Antes de que esta volviera a partir con la dotación de grandas que le
había entregado. El árbol observo la cicatriz que le había dejado.
Una simple
letra fue suficiente para dejarle en claro al árbol que sucedía. “I”
Ahí todo
quedo claro. Ese ser no amaba realmente al árbol, sino únicamente amaba lo que
el árbol hacía por él. La fruta más exótica y deliciosa. La granada. Pero,
curiosamente al mismo tiempo, el árbol comprendió que en verdad tampoco amaba a
aquel ser. Sino que amaba como este le había estado cuidando, procurando y
haciéndolo crecer.
El árbol
estuvo meditando por días y noches que debía hacer. ¿Debía seguir dándole la
granada a pesar de no sentir realmente nada por el?, ¿o debía marchase a pesar
de todo lo que el ser había hecho por él?
Simplemente,
un día aquel ser volvió a aquella montaña esperando recibir su dotación de
granadas, pero únicamente se encontró con una pequeña bolsa llena de semillas
de granada, donde se suponía que debía residir el árbol.
Era su
forma de despedirse, de agradecerle incluso lo que hizo por él, aunque sus
intenciones no fueran las mejores, para aquel pequeño árbol moribundo, fue un
punto que le hizo ver lo más hermoso y lo más horrible de algo como el amor.
Pero, no
por eso estaba agradecido de haber recibido esas gotas de agua fría aquella
tarde calurosa cuando se conocieron.

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