Otras partes de mi mente

miércoles, 19 de febrero de 2025

Árbol de Granadas


En la cima de una montaña en un lugar lejano yacía un pequeño árbol de granadas. Sus ramas se encontraban secas, sus hojas a punto de caer en su totalidad y su tronco parecía estar a punto de ceder ante el dolor de mantenerse a sí mismo en pie.

El pequeño árbol únicamente podía observar cómo los demás árboles de la montaña eran protegidos por unos curiosos seres alargados. Estos parecían regar y abonar a los diversos árboles por días, incluso logrando que muchos de estos llegaran a tener una altura similar a la de aquellas figuras.

El pequeño árbol soñaba día y noche porque uno de ellos se fijará en él. Asi, tal vez podría alcanzar a ser de su mismo tamaño, ¡o incluso podría llegar hasta el mismísimo sol!

Decidido, aquel árbol comenzó a llamar la atención de los muchos seres que día a día visitaban la montaña. Intentaba, arreglar sus ramas para hacerlas parecer menos secas, o incluso intentaba ajustar su propio tronco devuelta a su ángulo normal.

Los seres alargados parecían ignorarlo la mayor parte del tiempo, pero uno poco a poco se interesaba en el pequeño árbol moribundo. Dia tras día, el árbol observaba como este ser alargado parecía notar mas y mas sus esfuerzos por resaltar. Jamás podría olvidar el rostro de este ser, una sonrisa calidad como el propio sol que le daba vida y uno ojos que resaltaban una preocupación que ningún otro ser había prestado en él.

 

Un día, tras que el pequeño árbol intentaba volver a ponerse firme con su tronco, aquella figura se hizo presente. Su mano cálida atravesaba todas sus hojas con delicadeza, casi con preocupación de que un movimiento erróneo y una de sus ramas cayera rota en el suelo.

-Estarás mejor conmigo.- Dijo aquel ser antes de comenzar a regar al pequeño árbol,

El agua fría chocaba con todo su cuerpo, las gotas caían entre las hojas y las ramas, filtrándose entre la corteza de esta. El agua era algo que ansiaba con ganas, ya que era algo que no recibía con frecuencia, únicamente en días de lluvia. Pero para el árbol era más que simple agua, era la acción de que alguien como aquel ser se preocupara por su cuidado lo que lo hacía verdaderamente feliz.

Dia tras día, aquel ser visitaba al pequeño árbol con algo nuevo para cuidarlo. Algunas veces era el mejor abono que había sentido, otras veces era el agua más fría que sus ramas pudieran desear. Incluso había días donde simplemente se sentaba a la sombra de este a leerle o contarle sobre su día.

El pequeño árbol poco a poco comenzaba a transformarse en un firme y saludable árbol, cada vez más firme de su tronco. Pero lo mas emocionante para aquel árbol era que finalmente comenzaba a dar frutos. Las granadas más deliciosas y jugosas que cualquiera pudiera desear. Diseñadas específicamente para aquel ser, como una muestra de su afecto.

El ser parecía disfrutar aquella fruta tan exótica. Era deliciosa para su paladar, por lo que cada día, aceptaba con agrado las cinco granadas que con gusto el árbol estaba dispuesto a darle con todo el amor de su corazón.

Pero, fue justo ahí donde el árbol se dio cuenta de una terrible verdad. Conforme pasaban los días, aquel ser parecía querer más y más frutas. Al principio el árbol estaba encantado de darle lo que pidiera, al final del día el ser lo había cuidado, para el árbol era un intercambio justo.

El árbol notaba como de un momento a otro, el ser parecía únicamente visitarlo para obtener sus frutos. Ya no lo regaba, ya no parecía colocarle más abono, simplemente iba por su dotación de granadas.

El árbol estaba preocupado por su actitud, por lo que durante una de sus muchas visitas intento preguntarle que sucedía y porque la necesidad de tener en tantas cantidades la fruta que con todo el amor le producía. El ser se negaba a responder, pero el árbol insistió e insistió, hasta que en un ataque de nervios. Aquella figura cálida y amoroso mostro su verdadero ser.

Con una de las cuchillas que usaba para cortar la maleza que rodeaba al árbol, comenzó a herir el tronco del árbol. El árbol intento hacerlo entrar en razón para que se detuviera, ya que le estaba causando un gran dolor, pero simplemente no lo hizo. Antes de que esta volviera a partir con la dotación de grandas que le había entregado. El árbol observo la cicatriz que le había dejado.

Una simple letra fue suficiente para dejarle en claro al árbol que sucedía. “I”

Ahí todo quedo claro. Ese ser no amaba realmente al árbol, sino únicamente amaba lo que el árbol hacía por él. La fruta más exótica y deliciosa. La granada. Pero, curiosamente al mismo tiempo, el árbol comprendió que en verdad tampoco amaba a aquel ser. Sino que amaba como este le había estado cuidando, procurando y haciéndolo crecer.

El árbol estuvo meditando por días y noches que debía hacer. ¿Debía seguir dándole la granada a pesar de no sentir realmente nada por el?, ¿o debía marchase a pesar de todo lo que el ser había hecho por él?

Simplemente, un día aquel ser volvió a aquella montaña esperando recibir su dotación de granadas, pero únicamente se encontró con una pequeña bolsa llena de semillas de granada, donde se suponía que debía residir el árbol.

Era su forma de despedirse, de agradecerle incluso lo que hizo por él, aunque sus intenciones no fueran las mejores, para aquel pequeño árbol moribundo, fue un punto que le hizo ver lo más hermoso y lo más horrible de algo como el amor.

Pero, no por eso estaba agradecido de haber recibido esas gotas de agua fría aquella tarde calurosa cuando se conocieron.

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